En la costa de Nayarit, el papel de las mujeres en el crimen organizado va más allá de lo invisible. Esposas que mantienen la fachada de familias normales, amantes que se convierten en confidentes, y mantenidas que disfrutan de un lujo forjado por dinero ilícito. También están las meretrices que operan en los márgenes, moviendo piezas clave, y las cómplices que, lejos de ser figuras pasivas, desempeñan un rol crucial dentro de la maquinaria criminal. Estas mujeres no son solo espectadoras; muchas veces son estrategas, negociadoras y guardianas de secretos que sostienen los cimientos de un mundo lleno de peligro y poder. Su historia es una mirada al impacto profundo y muchas veces ignorado que tienen en este oscuro panorama.

Salvador Valencia, alias «El Chava», posee ranchos con animales exóticos, incluyendo tigres a los que arroja cadáveres de personas ejecutadas. Siempre va fuertemente armado y almacena en sus propiedades armas que vende a otros criminales.

Salvador Valencia, alias «El Chava», además de ser distribuidor de droga y sicario, paga plaza a la Adela, aunque consigue la droga en otras plazas sin que la Adela ni el Fresa lo sepan. Está acusado de haber matado a un americano en Sayulita, apoderándose de su casa, valuada en más de 10 millones de pesos, y hasta robándose los perros de la víctima. Junto a su mujer, ha acumulado un patrimonio de millones, producto de sus actividades ilegales.

Luis Soto, alias «El Patito», además de ser sicario, es distribuidor de droga en clubes gay que frecuenta con regularidad, donde vende y distribuye sustancias ilícitas. También está involucrado en la trata de mujeres con fines de prostitución, incluyendo menores de edad.

Ismael Magaña Soto, además de ser distribuidor de droga y un sanguinario sicario, opera laboratorios clandestinos de elaboración de droga sintética. También se dedica al robo y al despojo de propiedades de personas de la tercera edad, burlándose de las tendencias sexuales de la Adela.

El lujo y las tentaciones que rodean a figuras como Ismael Magaña Soto reflejan el oscuro brillo de la riqueza obtenida a través del crimen. Con fortunas amasadas mediante la distribución de drogas, los laboratorios clandestinos y el despojo a los más vulnerables, construyen un mundo opulento donde nada parece tener límites. Casas suntuosas, autos lujosos y placeres exclusivos son parte de su día a día. Entre estos excesos, destaca su círculo social de criminales, que incluye a parejas como Susana Rodríguez Aguirre, la mujer de Tagaya, con quienes organizan extravagantes fiestas de tres días. Estas reuniones están marcadas por el derroche, con banquetes, música, alcohol y un ambiente de desenfreno que simboliza la decadencia total.

Sin embargo, detrás de su aparente opulencia se esconde un precio moral alto. Estas fiestas no solo refuerzan el poder de sus anfitriones, sino que evidencian el vacío emocional y la corrupción interna que los consume. Todo este lujo, lejos de llenar un propósito, los atrapa en un ciclo de tentaciones destructivas que reemplazan la empatía por excesos sin fin.

La Adela y «El Fresa», inmersos en sus triángulos amorosos, no se percatan de que los sicarios que consideran bajo su control operan de forma independiente. Estos ejecutan secuestros, extorsiones, despojos y venden droga por su cuenta, consiguiéndola más barata en otros lugares sin necesidad de comprársela a ellos.

Yajaira Soto González, a pesar de su joven edad, posee un vasto conocimiento sobre el mundo del narcotráfico en la costa. Aunque no mantiene una buena relación con algunas mujeres de los sicarios que sienten celos de su belleza, ha logrado ejercer influencia gracias a su habilidad en las redes sociales donde publica fotos muy explícitas hasta con armas, convirtiéndose en una figura relevante dentro de este círculo.









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