La detención en Estados Unidos de Rodrigo Benítez Pérez, el ex magistrado y brazo derecho del «narcofiscal» Edgar Veytia, destapa una de las páginas más oscuras de la corrupción institucional en México. Benítez, arrestado por ICE en New Jersey, no era un fugitivo cualquiera: había sido removido de su cargo en Nayarit y era buscado activamente por las autoridades mexicanas debido a su historial de atrocidades. Su cercanía con Veytia –ya condenado a 20 años por narcotráfico– revela la operación descarada de una red criminal enquistada en lo más alto de la Procuraduría estatal.

Las acusaciones en su contra pintan el retrato de un depredador con toga: desaparición forzada, tortura, asesinato, protección al crimen organizado y destrucción de pruebas de fosas clandestinas. Esta no es solo la historia de un funcionario corrupto, sino la evidencia de un sistema judicial podrido hasta la raíz, donde los encargados de impartir justicia se convirtieron en verdugos al servicio del narco.

Durante su mandato, ‘El Diablo’ Veytia tejió una red criminal dentro de la fiscalía que sistemáticamente persiguió, manipuló y fabricó delitos contra activistas, abjetados defensores de víctimas y cualquier voz que se atreviera a desafiar su sistema corrupto.

Lo más grave es que esta maquinaria de impunidad sigue operando hoy. En la fiscalía actual existe una estructura paralela, compuesta en su mayoría por mujeres que, más allá de seguir órdenes de funcionarios mafiosos, mantienen relaciones sentimentales con ellos, creando una red de lealtades criminales.

El mismo Rodrigo Benítez Pérez era emblemático de esta corrupción: durante su etapa en la fiscalía, su relación sentimental con Cecilia Ávalos era un secreto a voces que ejemplificaba la fusión entre lo personal, lo profesional y lo criminal dentro de la institución.

La fiscalía se ha convertido en un burdel de poder donde cortesanas, amantes y mantenidas operan impunemente. La mayoría de estas mujeres actúan con arrogancia absoluta: alteran expedientes, fabrican delitos a conveniencia, cancelan citas, niegan copias y se niegan a dar explicaciones. Mientras tanto, el inepto y corrupto fiscal Petronilo Páramo hace vista ciega a esta red de abusos institucionalizados.

La trayectoria de Rodrigo Benítez Pérez es un manual de impunidad y ambición. Tras renunciar como subfiscal para ascender a magistrado, la alianza de intereses se quebró cuando estallaron conflictos por el reparto de ‘moches’ con el entonces gobernador, el fiscal en turno y el influyente ‘chilango’ Camarena. En respuesta, orquestaron una campaña de desprestigio en su contra que, si bien no logró impedir su llegada al Tribunal de Justicia Administrativa, finalmente forzó su renuncia y lo obligó a refugiarse en Estados Unidos.

Ahora, detenido por las autoridades americanas, el silencio de Benítez se ha convertido en la gran incógnita. La pregunta que resuena en los pasillos del poder es qué confesará a sus captores. Su testimonio tiene el potencial de destapar no solo los nexos entre el narcotráfico y la clase política, sino también la red institucional de protección que ha permitido a los grupos delincuenciales operar en Nayarit con total impunidad. La caída del brazo derecho de Veytia podría ser solo el primer capítulo de una revelación mucho más explosiva.»

La captura de Benítez no es el final, sino el principio. Que su extradición marque el inicio del derrumbe de toda la estructura de corrupción que aún opera tras los escritorios de la fiscalía. El silencio se rompió, y la justicia, aunque tarde, llega para los que convirtieron el estado en su feudo.

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